UNAS FLORES PARA CUALQUIER CUNETA.

Afortunadamente, la genocida dictadura franquista no plantó su mortal zarpa en nadie de los míos, pero sí en decenas de millares de familias donde padres, hermanos, abuelos yacen perdidos en campos y cunetas, y cuyos huesos se han helado en demasiados inviernos del olvido. A mi me duelen y siguen doliendome aunque no sean míos, y comparto el desconsuelo de todos aquellos  que continúan buscando a  los suyos por las doloridas tierras de España. Entre todos los sentimientos que pueden arropar y avalar esa búsqueda, hay uno que sobresale y que no debíamos tan facilmente olvidar: la dignidad; la dignidad también para nuestros muertos. Hay quienes sostienen que es mejor olvidar y dejar a los muertos donde están; dejarlos como perros sin amo hasta que la falta de memoria destruya definitivamente sus huesos. Predican que debíamos pasar página y desterrar rencores… Sin embargo este es el discurso más cómodo, el del silencio cobarde. Quizás esas valerosas Madres de la Plaza de Mayo, que buscan a sus seres queridos,  deberían hacer lo mismo, y dejar cicatrizar impunemente las horrendas heridas abiertas por Videla y tantos otros monstruos. Sin embargo, aunque tarde, Argentina aún ha tenido la dignidad y la decencia de juzgar aquel terrible periodo,  y hacer que sanguinarios octogenarios de la dictadura hayan catado la cárcel. En Alemania existió el juicio de Nüremberg donde se condenó, se encarceló y se ejecutó a responsables del abominable nazismo. ¿Y aquí? ¿Qué se ha hecho más allá de una informal y tibia condena del franquismo? ¿Una Memoria Histórica donde apenas se pasa de puntillas sobre puntuales y legítimas reivindicaciones?

Los que abogan que el rencor y el odio son malos compañeros de viaje, tienen razón. Personalmente nunca he practicado estos bajunos sentimientos, porque además de suponer una pérdida de tiempo, no te dejan ver con claridad. Una respuesta desde el resentimiento no suele ser fructífera ni acertada porque, normalmente, obedece  a una enfermiza ofuscación. Sin embargo, si esa respuesta viene avalada por un limpio sentimiento de justicia, sí que estamos obligados a no cejar, a no pasar página, a no olvidar, y en este pais no se ha hecho justicia con esos muertos nuestros que mantenemos abandonados en las cunetas por cobardía y comodidad. Muertos que en muchos casos lo han sido, después de ser condenados por sumarísimos tribunales fascistas, que los trataron como peligrosos delincuentes y terroristas. Execrables y vejatorias sentencias que arrebataron la vida,  la dignidad  y el buen nombre de aquellos hombres y mujeres que hoy algunos pretenden olvidar. Hasta la fecha estas sentencias militares siguen ahí, porque nadie en este pais cobardón se ha atrevido a revocarlas.

Los amantes del olvido y del “buen rollito” deberían dejar en paz y respetar a los que aún les duele los suyos, y tienen sed de justicia; dejarles, al menos, que intenten devolver  la dignidad perdida a sus muertos ya que este estado democrático no lo ha hecho, para vergüenza de propios y extraños.