Las últimas noticias que nos llegan nos cuentan que los bancos tendrán que hacer un balance de sus activos “tóxicos” inmobiliarios, ajustándolos a su valor real o lo que es lo mismo:  dejarlos limpios de polvo y paja de lo que en su día supuso los precios desorbitados de la especulación potenciados por la “burbuja inmobiliaria”. Con esta medida los precios sufrirán una caída en muchos casos de más del 50%, hasta alcanzar un suelo razonable. Los especuladores listillos que en aquellos días creyeron hacer su agosto invirtiendo en ladrillo, lo perderán todo , aunque éstos no me preocupan, más bien que se jodan. Lo que sí lamento es la situación en que quedan las familias que en esta época se vieron en la necesidad de adquirir un techo donde cobijarse –– por otro lado un derecho constitucional y no un lujo––, y que continuarán pagando una brutal hipoteca que no será revisada a la baja aunque el valor de su vivienda en el mercado se deprecie, de facto, a la mitad de su valor original.

Pero lo más grave de todo este podrido asunto será la repercusión que tendrá esta medida en los próximos desahuciados, que desgraciadamente están por venir y que tendrán que dejar sus viviendas ante la imposibilidad de venderlas, y que en la mayoría de los casos se verán obligados a continuar pagando una hipoteca sobredimensionada con el factor “tóxico” añadido, fruto de nuestra queridísima burbuja. Para ellos no habrá ningún rescate, ninguna ayuda, porque la quiebra de la economía de ciento de miles de familias que se quedan en la calle con una mano delante y otra detrás no parece interesarle a este gobierno. La palabra injusto quedaría demasiado honorable a la hora de calificar esta y otras tropelías.

En este caso como en tantos otros que se producen en este reino afincado en la corrupción y el pillaje, el gobierno ha decidido liberar a los bancos de su propia mierda con su habitual talante de robo a mano armada cara al ciudadano común –– digo a mano armada porque tiene a la policía por si alguien se resiste a dejarse robar ––, y en esta ocasión como en tantas otras los bancos volverán a ser redimidos de sus basuras y quiebras económicas con nuestro dinero y bajo la excusa de protejer a los ahorradores. Personalmente no tengo ahorros en los bancos, ¿por qué tengo que poner dinero para salvaguardar los ahorros de otros? ¿También los desempleados que ya no tienen ni subsidios tienen que cubrir a esos accionistas y ahorradores? Eso sería factible en una España con un gobierno realmente solidario. ¿Pero acaso éste lo es? De momento y sin mayores explicaciones el Estado pondrá en las manos de los encorbatados y facinerosos gestores de Bankia más de diez mil millones de euros para compensarles de la devaluación que sufrirán los “activos malos” que salgan al mercado en la forma de centenares de miles de inmuebles. De nuevo un ingente dinero público que de Guindos –– el mismo de la monumental quiebra de Lheman Brothers –– asegura que la entidad devolverá en cinco años con intereses incluidos. Lo dice a sabiendas que está mintiendo y que tal cosa no sucederá.

Ante esta situación, lo democrático y solidario sería que también se rescatara al ciudadano poseedor de un primera vivienda donde cobijarse y que fue víctima de la lujuria económica de los de siempre. Que el Estado también le compensara del activo tóxico que supone haber invertido por necesidad en un inmueble que ahora vale la mitad. ¿O acaso no sería lo justo? ¿Dónde está escrito que el ciudadano sea siempre el pagano de tanto estropicio? ¿En razón de qué arbitraria ley sólo se socializan las pérdidas de los más poderosos y nunca sus beneficios?

Porque una vez más y recapitulando será el poca ropa, el ciudadano de a pie, el desempleado, el que nunca participó del festín de la “burbuja inmobiliaria”, el que sigue pagando aquellas hipotecas escandalosas, el que sólo recibe recortes en sus derechos y más y mayores impuestos, el que tenga que apechugar con los robos y despilfarros de toda la caterva de mafiosos y sinvergüenzas que mandan hoy en este país, que originaron nuestra debacle económica y que continúan al día de hoy disfrutando de sueldos y jubilaciones millonarias con el beneplácito de un gobierno testaferro que sólo les representa a ellos y que pernace instalado en el permanente atraco a los más débiles.

Porque como siempre sucede en los cuentos de este corrompido capitalismo, sólo unos cuantos continuarán viviendo superfelices y comerán superperdices a costa de mantener en la miseria a todo un pueblo.

j.m.boix