josé manuel boix

Esta mañana tomaba café con los habituales de mi nuevo pueblo de acogida, y la conversación, como ya va siendo costumbre en estos peligrosos tiempos, derivaba sobre el gobierno y sus salvajes e insolidarios recortes. La mayoría está furiosa con Rajoy, y más de uno teme a esas edades por su pensión, y no les falta razón al preocuparse. Alguno, el más expeditivo, comenta que en España se ha dejado crecer en demasía el  rastrojo y que habría  que quemarla entera para sembrar y recoger mejor cosecha que la que tenemos. Pepe, un setentón bien fajado, se adhiere a esta propuesta e, incluso, habla de una guillotina automática que no pare de cortar cabezas, “hay demasiado hijo de puta y ladrón suelto en este país”, resuella con voz aguardentosa y mofletes encendidos. Yo, entonces, suspiro y pienso: ¡Ay, de la justicia de los  pueblos!,  bárbara pero siempre eficaz.

Sin embargo, pronto a todos se nos afila la oreja al escuchar el lúgubre replique de las campanas de la Iglesia. Ya de temprano tocan a muerto, y en  su lenguaje nos informa que ha sido un hombre.  Todos se miran con la misma pregunta en sus añosos y tostados frontispicios: “A quién le habrá tocado esta vez”. La mayoría de los presentes especula entonces. “Quizás Manolito” salta uno poniéndo cara de circunstacias. “La última vez que lo vi andaba muy malito”, remacha con improvisado pareado. Enseguida me intereso por la edad del posible desafortunado con la estúpida esperanza de que me exceda en años. Siempre hago lo mismo. Luego respiro, aliviado, al enterarme que el presunto me lleva algunos por delante. Sin embargo otro comenta sobre un tal Paco, que fue ingresado de urgencia la semana pasada por un derrame cerebral o ictus de esos.  “Quizás ha muerto, el pobre” comenta otro que parece conocerlo.

Mi problema o ventaja ––según se mire–– es que aún no conozco a casi nadie del pueblo, aparte de estos tres o cuatro amigos, bueno, más bien conocidos o tertulianos ocasionales. De ellos tampoco sé gran cosa. No suelo preguntar por la vida de nadie, y también estos compañeros de café parecen bastante reservados a pesar de ser andaluces de rancia cepa, cosa que agradezco. Escribiendo esto me viene a la memoria la magistral pieza de don Miguel, “el Ajedrecista”. A veces es mejor especular sobre el que tienes enfrente que conocer su íntima realidad. ¿Idealizar mejor que conocer? Pues en algunos casos pienso que es mejor así. De pronto uno de los compis, que parece haber adivinado el motivo de mi obsesión  por las edades, me dice con sonrisa maliciosa: “Pues Paco es más joven que tú, José Manuel”. Asiento con la cabeza y me amorro al medio cortado de café con leche que me resta.

Las campanas continúan tañendo, incansables. Ahora ya no importan los recortes, ni la huelga, ni tampoco el hijo que tienes parado en casa de por vida. La obstinada campana no nos da tregua ni nos deja cambiar de conversación. Todos los enfermos y moribundos del pueblo van pasando uno a uno por la mesa. Es la morbosidad de la muerte la que no nos deja abandonarla. Luego, cuando acaba el desfile de futuribles florecen las enfermedades de mis amigos tertulianos, que ellos mismos van desgranando. Uno de ellos, que tose como un condenado, apaga el cigarro sin consumirlo y jura que va a dejarlo. Yo también debo tener los pulmones hechos mierda, pero no apago el mío ni juro que voy a dejarlo. Me revuelvo contra el desertor, explicándole que todos tenemos en nuestros genes una fecha de caducidad que nos marca el día y la hora de nuestra muerte, y que este dispositivo biológico lo traemos todos de fábrica y no va a cambiar hagamos lo que hagamos. Vamos, que si no mueres por tabaquismo, mueres por otra cosa. A la muerte siempre le sobran razones. Alguno no entiende muy bien este asunto, aunque tampoco me esfuerzo por explicarlo. En el fondo me da igual. En realidad es una excusa que yo mismo me pongo para no dejar el tabaco y otras cosas. Al final, no renunciar a mis pequeños vicios se ha vuelto para mi un último y peculiar bastión de resistencia, un acto temerario, casi heróico del que presumo. Salvando las lógicas distancias, me siento como ese aguerrido antisistema que se juega su integridad física ante los mossos en las manifestaciones a pique de ser castrado, torturado, quedar tuerto o algo peor. Quizás lo mío se resuma en una patología psicológica producto de la intensa rabia que me produce todos esos cínicos que me prohiben “por mi bien”.

Antes de abandonar la mesa reflexiono en voz alta y con visible cabreo: ¿Y para qué coño cuidarnos tanto si al final nos van a quitar la pensión y moriremos de miseria y hambre?

De pronto, la mayoría palidece ante la nueva y letal enfermedad.

j.m.boix