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LA LEGITIMA DEFENSA DEL PUEBLO ANTE LA DISIDENCIA CONTROLADA DE LA NO VIOLENCIA.

Una errónea conceptualización de la palabra pacifismo, puede llevar a la sociedad a ser más sumisa y olvidar su derecho de defensa, limitando cualquier manifestación de protesta y acción reivindicativa dentro de los parámetros y reglas impuestas por el mismo sistema contra el que luchamos.
Esta maniobra de confusión de conceptos, está dirigida por el mismo poder que ejerce contra el pueblo, una bestial violencia con total impunidad, y sin  dudas,  está siendo su mejor arma para mantener controlada a la protesta social en meras manifestaciones sin mayores problemas de insumisión y “no violentas”, donde se dan flores a cambio de palos.

El pacifismo y la no violencia son indispensables para el normal y sano desarrollo de una sociedad, siempre seremos pacifistas ante las guerras, impuestas por un poder mercenario y donde las víctimas son los débiles, y siempre defenderemos la no violencia como forma de vida pacífica, pero estos conceptos no tienen nada que ver con el derecho de un pueblo a defenderse de los abusos perpetrados contra él y su insumisión ante la injusticia.

¿Qué es lo realmente violento?¿Quién delimita ese concepto?…El poder se ha dotado de un maquiavélico mecanismo para determinarlo a su conveniencia, reformando códigos y leyes y legalizando una salvaje violencia represiva ante cualquier síntoma de protesta. Así, estamos regidos por dictatoriales normas donde se criminaliza llamando violento y antisistema a cualquier persona que cuestione, proteste o denuncie la pérdida de derechos y libertades que se hace cada día más patente.
Para cerrar este perverso círculo, el sistema no sólo se vale de una justicia a su servicio, encarcelando a los “rebeldes”, sino que también utiliza a los medios de comunicación masivos, para contagiar el miedo, gran desmovilizador de masas, calificando como delincuentes a cualquier persona que se le ocurra cuestionar y desobedecer las reglas impuestas por él mismo.

Así llegamos a la dicotomía entre lo legal y lo legítimo. Las actuales normas se dirigen y nos llevan hacia la ilegalidad de la autodeterminación de los pueblos, del cuestionamiento a la monarquía, a la constitución, al modelo económico y hasta de la defensa de derechos fundamentales. En cambio, es legal que el Estado ejerza una violencia desmesurada apaleando, hiriendo y vejando a manifestantes a través de sus perros de caza llamados antidisturbios, a los que por cierto esos mismos ciudadanos les pagan el sueldo para que los protejan. ¿Pero no es legítimo acaso que un pueblo soberano decida sobre todas estas cuestiones vistas como ilegítimas por un grupo de mentes fascistas? ¿No es legítimo que un pueblo ejerza su derecho a defenderse?

Se torna fundamental entender esta diferencia de conceptos para luchar  de forma contundente contra un sistema donde es “legal” el hambre, la pobreza, la exclusión social, el robo de viviendas a las familias, y la destrucción paulatina de las libertades sociales –todas estas, formas de verdadera violencia- Es necesario ejercer nuestra legitimidad como pueblo soberano y libre, y si no nos la dan, debemos tomarla, con todas nuestras armas, que no son nuestras manos al viento, sino nuestra conciencia, nuestra indignación y nuestra actitud de rebeldía ante lo que vemos injusto. Estamos en presencia de una muerte, en la muerte de un sistema democrático que ya no nos sirve, que nos esclaviza y nos mata, debemos estar de luto, no de fiesta.

Pero aún dentro de la normativa legal, podríamos trasladar como fundamento de lo que hemos expuesto, la figura de la legítima defensa al ser un derecho del que es atacado de forma injusta. Según una sentencia del Tribunal Supremo del 19 de mayo de 1987, la legítima defensa es la suplantación de los órganos del Estado encargados de proteger a los ciudadanos.
Vemos claramente que es nuestro deber moral y físico hacer uso de la autodefensa, ante un Estado que en vez de protegernos, nos castiga no sólo con leyes antisociales, sino con porras, gases y balas de goma.

Somos pacifistas, porque a las guerras no las hacen los débiles, pero somos revolucionarios, y nunca obedeceremos a una legalidad que oprime y excluye. Consideramos que lo más importante es la dignidad de un pueblo que, como decía Dolores Ibarruri, prefiere morir de pie que vivir arrodillado, porque un pueblo sin dignidad, es un pueblo sin futuro.