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Miliciano de la CNT con su compañera y su hijo.

La otra noche pusieron, creo que en la primera cadena, la película “Las Libertarias” y me emocioné escuchando la adaptación épica que hace Nieto del himno “A las Barricadas”. Confieso que un extremecimiento me hizo que a punto estuviera de echarme a llorar estrepitosamente. Entonces pensé que la vejez comenzaba a pasarme las primeras facturas con esas lágrimas facilonas y sensibleras, que en ocasiones nos asaltan como producto de un carácter que se debilita en parejo al resto del cuerpo. Pero, aunque pudiera haber algo de cierto en ello, creo que el momento que atravesamos, con un pueblo abocado al fracaso y a la ruina sin que nada ni nadie lo remedie…

Sí, ciertamente estoy desmoralizado, hundido y desolado. Ese es mi actual estado de ánimo. En tal situación es fácil que broten las lágrimas ante tanta grandeza, tanta dignidad, tanto sacrificio derrochado por aquel pueblo de héroes que se enfrentó al fascismo y murió por la Utopia. Una utopia que lograron tocar con las manos. ¡Qué diferencia con este actual que tenemos!

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Pero hoy por encima de todo queremos vivir, aunque sea arrastrándonos sin dignidad y comiendo de la caridad o de las basuras. En este contexto de derrota, queda ya muy lejos ese  “es mejor morir de pie, que vivir de rodillas”.

Son los mismos los que hoy regresan de nuevo a mutilarnos derechos y libertades, se llamaran entonces fascistas u hoy neoliberales, ¡qué importa con el nombre que se disfracen! Pero son los mismos, no nos debe caber la menor duda. Los mismos que no soportaron ni entonces ni ahora que los pueblos participen de unas riquezas y libertades que consideran solo de su exclusiva propiedad. De ahí el feroz castigo al que nos someten. Nos quieren en la miseria, arrodillados y vencidos una vez más, aunque en esta ocasión nuestra derrota no suponga más que una rendición sin honra. Porque también nos han matado la dignidad, convirtiéndonos en un pueblo basura y sin coraje.

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Algunos creen que cuando pase este cuento de la crisis recuperarmos lo perdido, pero eso no sucederá jamás. Nos han echado un pulso y lo hemos perdido. Ahora en vez de luchar, muchos jóvenes abandonan el barco y construyen su futuro en la emigración; abandonan su tierra y a su familia sin tan siquiera intentarlo.  Bueno, lo mismo no soy todo lo justo que debiera y algunos sí lo han intentado, regalando flores a los esbirros represores.

Reconozco que con estas aseveraciones puedo pecar de irreflexivo e injusto, pero es lo que me brota del alma en estos momentos.

j.m.boix