Tomás-Arias

PUBLICO AQUÍ UNA EPISTOLAR ENTRE MI ENTRAÑABLE AMIGO TOMÁS Y UN SINDICALISTA.

EL SINDICALISTA:

Querido amigo (desconocidos aún no presentados!). Al leerte no puedo evitar semejanzas (o llámalo como tu quieras Te dejo mi reflexión que no es poca cosa…o quizás sí. De tanto informar, me señalaron (no lo entrecomillo porque la realidad es la que es). Poca gente lee o se informa de lo que importa. Eso no lo podemos cambiar ninguno. Las personas de este “siglo” buscan la satisfacción… llámala espontánea o directa. Y , como ese analgésico no se puede dar todos los días… se vuelve rutina… y al final… nadie lee (poca gente lo hace), nadie tiene la inquietud. Poca gente.

Será que, esa “cara” humana de la indiferencia no prevalece¿? Me gusta pensar que no.

Te lo dice un delegado sindical que, como al perro que a patadas aprende, no escarmienta.

Mucha información… poca instrucción… la gente lee lo que quiere o le interesa (más esto último).

Dame un motivo, las personas necesitan un motivo… una justificación para seguir.

Al leer la perorata, me doy cuenta de algún error (no gramatical) sino de orden sintáctico. Quería decir que “la cara de la indiferencia (humana), es la que prevalece”… es nuestra naturaleza¿?

Te reitero mis disculpas por la “perorata” (La entrecomillo adrede).

Un Saludo

TOMÁS:

UN motivo, amigo Antonio Luis? ¿Sólo UNO? La verdad es que me lo pones muy fácil.

Te adelanto para que no te equivoques. Soy una persona que juzga: por juzgar juzgaría hasta a Dios si pensara que existe. Por ello me permito el lujo de ser “indulgente”, si me permites esta palabra.

No tengo UN motivo… Sólo tengo motivos y más motivos, rosarios enteros de motivos: Mi madre y mi padre, mis abuel@s, mis hij@s, mis vecin@s de la Corrala Honestidad, la viejecita en la esquina con ramitos de Romero, los versos de Walt Whitman, las imágnenes vivas de Charlot, los pulmones llenos de polvo de un minero, el sabor de un tomate en la boca, un amanecer al lado del ser querido…

Creo que te entiendo, siento contigo cuando reclamas un motivo: Cuando llevas años arremetiendo con tus manos y tus hombros contra las murallas de hormigón del poder del Capital, las manos y los hombros duelen. Y retumba el pecho de los golpes y la sensación de desolación se esparce como una niebla gris y oscura. Y así, la desolación rápidamente se transforma en soledad.

Motivos tienes más que de sobra. Motivos tenemos para mil vidas; motivos tenemos para mil luchas.

Lo que necesitamos en algún momento es más que un motivo. Incluso más que la certeza de estar luchando por una causa justa.

Lo que necesitamos es el sentido.

Igual que una madre que se tira al barranco para salvar a su hij@. Si sólo tuviera motivos, quizás vacilaría. Si sólo tuviera certeza, a lo mejor le vencería el miedo o su reflejo de preservación. Pero para esa madre todo eso tiene sentido, y más allá del motivo o la certeza para ella tiene sentido. Corremos peligro de no ver el sentido que tiene esta lucha. ¿Tiene sentido? SÍ El mismo sentido que tiene reclamar el fruto del trabajo de tus manos (o de tu mente).

Recuperemos el sentido del trabajo, y con el sentido su valor. Recobremos conciencia: Sin nuestras manos y nuestras mentes, el trabajo no sería nada. Y sin nuestro trabajo no habría nada.

Restituyamos el valor de márgenes y rendimiento de Capital por el provecho y el rendimiento del trabajo. Recuperemos el sentido de las cosas, fruto del ingenio y del esfuerzo humano, no fruto del mercado o de las bolsas.

Recuperemos el sentido de esos lustrosos zapatos, hechos con dedicación y orgullo, y portados con dignidad y respeto.

Mientras el “sentido” quede en sustituir ese par de zapatos 4.0 rápidamente por el siguiente modelo 4.2, ese sentido queda desechado con cada par de zapatos que vamos desechando (incluso, quizás, que vamos acumulando). El sentido del trabajo. El verdadero valor del trabajo: Para mí es el recuerdo de mi padre remendándome los zapatos a la luz de la lámpara después de una jornada de trabajo. Y el recuerdo de mi madre zurziéndome esos calcetines, sentada al lado de él (esos calcetines que hoy se tiran porque es más “caro” zurzirlos que comprar unos nuevos).

¡Quítale al ser humano el sentido de su vida y termina despreciando incluso su trabajo!

¡Sí, se vuelve indiferente!

Si no respeta el trabajo (o sea el fruto del mismo), si queda sustituido el valor del trabajo por el valor del dinero, si el trabajo termina “siendo” un conducto para obtener dinero meramente, si trabajar en beneficio propio y de l@s demás, no tiene ningún otro sentido que cruzar el valle de lágrimas de la amortización de deudas o acumular fondos… entonces asoma lo que tú llamas “indiferencia”… para mí es el ser humano cuya vida carece de sentido.

Cuando estamos buscando el sentido en nuestras vidas… ése es el mejor momento para (re)leer el Manifiesto Comunista. Y en cada línea rebosa el sentido porque ¿que mayor sentido hay que vivir la verdad?

Un gran abrazo desde Castilleja de la Cuesta