José Manuel Ponte

El caso de Edward Snowden, ese joven norteamericano que denunció la existencia de una red planetaria de espionaje, está poniendo a prueba la solvencia moral de los países que se proclaman defensores de los derechos humanos. Una catalogación que incluye tanto a los que espían (Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Australia y Nueva Zelanda) como a los espiados, en muchos casos fieles socios y aliados de aquellos cinco. Y también, a las importantes empresas privadas de informática y telefonía (Google, Microsoft, Skype, etc.) que colaboran en permitir el acceso a las conversaciones y correos de sus clientes. El presidente Obama despachó la responsabilidad de su

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gobierno con enorme hipocresía. «Nadie puede pretender el 100% de seguridad con el 100% de privacidad», dijo. Y aun añadió esta cínica reflexión: «Cualquier servicio de inteligencia trata de entender mejor el mundo». El principal argumento en favor de la impunidad del espionaje ha sido nuevamente el control del terrorismo y de los terroristas. Poco después de producirse las primeras revelaciones de Snowden, el Gobierno de Washington manifestó que las escuchas telefónicas ilegales habían evitado numerosos actos de terrorismo, sin especificar. Y por las mismas fechas se dieron a conocer unas encuestas en las que se ponía de manifiesto que los ciudadanos norteamericanos estaban dispuestos a aceptar el control gubernamental si con ello se garantizaba su seguridad y la de su país. Una conclusión que ya había avanzado Aldous Huxley cuando profetizó que los gobiernos totalitarios del futuro no necesitarían ejercer la coerción sobre sus ciudadanos porque estos amarían la servidumbre.

La dramática soledad de Snowden nos empuja a formular amargas reflexiones sobre la condición humana. Estados Unidos lo reclama para juzgarlo por espionaje; Rusia lo mantiene en la zona de tránsito de un aeropuerto, sin darle asilo político para no desairar a los norteamericanos; y el resto de las naciones, salvo algunas repúblicas sudamericanas, no quieren ni oír hablar del asunto. De España, mejor no decir nada tras el bochornoso episodio del intento de registro al avión en que viajaba presidente boliviano Evo Morales. La grandeza de una persona hay que juzgarla en relación con el tamaño de sus enemigos. Y en ese sentido, Snowden tiene una estatura moral equivalente a la de Sócrates, a la de Copérnico y a la de Miguel Servet. O a la de Sebastián Castellio cuando se opuso al todopoderoso Calvino en un duelo polémico que él mismo calificó como el del «mosquito contra el elefante».

En este caso llama la atención que la red de espionaje descubierta proceda de unos tratados secretos firmados desde el fin de la II Guerra Mundial por los cinco países de estirpe anglosajona antes citados. Una red que es conocida como la de los Cinco Ojos.