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La Noche de Ánimas siempre me sobrecogió. En casi todos los hogares de España se rendía respetuosa memoria a sus difuntos y en muchos se les encendía velas o las tradicionales mariposas en vasos de agua con un dedito de aceite. En familia, y al calor de las chimeneas o los braseros de cisco con carbón se contaban historias y andanzas de los familiares fallecidos y así su memoria perduraba hasta en los más jóvenes, que cogian el testigo de sus antepasados generación tras generación.

Agunos aseguraban que perderles la memoria a los que se iban era como condenarles a morir por segunda vez, porque el recuerdo de los vivos mantenían despiertas las almas de los difuntos en su largo recorrido por la oscuridad hasta su última morada. En este sentido era comprensible las luces de las velas y las palmatorias encendidas en su memoria porque, junto a nuestro pensamiento, era la energía que necesitaba el alma para no desaparecer para siempre en la eterna oscuridad.

 

Muchas historias de aparecidos se contaban en esas tenebrosas noches, historias que se pasaban de padres a hijos y que perduraban en los arcanos de la superstición en los pueblos.

En algunos pueblos de la vieja Castilla y hasta hace bien poco, había una costumbre muy arraigada en esa particular noche, y era que una persona necesitada y a cambio de una limosna de la Cofradía de las Ánimas, recorriera todo el pueblo rogando y rezando por los sufrientes del Purgatorio. Todo en un contexto de silencio solo roto por el funebre tañir de una campana que toca a muerto. 

La oración que recitaban era esta:

El que Dios ha de servir,
esta vida ha de ganar.
No jurar ni maldecir,
antes morir que pecar.
Si te da un accidente,
y te mueres de repente,
adónde irás a parar,
al infierno y nada más.

 

A continuación se tocaba el esquilín y se rezaba un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloriapatri por los difuntos de cada casa donde paraba.

Toda esta rica tradición cultural practicamente se ha perdido para dejar paso a ese frívolo bodrio importado con la coca-cola y la hamburguesa llamado Halloween. Nuestra noche de culto a nuestros muertos se ha convertido en una burda fanfarria al servicio del consumismo más vulgar. No soy católico, pero cuando veo a esos padres e hijos “modernos” disfrazados de zombis, vampiros y demás ralea de ridículos esperpentos me viene la bilis y exclamo como Bécquer: ¡”Qué solos se quedan los muertos”!

j.m.boix